LLEVABA MESES MOLESTA PORQUE EL ANCIANO DE AL LADO DEJABA QUE SUS ENORMES PLANTAS LLENARAN MI ENTRADA DE HOJAS SECAS. AYER ENTRÉ A RECLAMARLE PORQUE SU PERRO NO PARABA DE LLORAR.

LLEVABA MESES MOLESTA PORQUE EL ANCIANO DE AL LADO DEJABA QUE SUS ENORMES PLANTAS LLENARAN MI ENTRADA DE HOJAS SECAS. AYER ENTRÉ A RECLAMARLE PORQUE SU PERRO NO PARABA DE LLORAR.

El viejo solo me miraba con timidez desde su ventana, me pedía disculpas con un hilo de voz y se metía a su casa. Yo pensaba que era un viejo desidioso al que no le importaba la convivencia.

El colmo de mi fastidio fue ayer domingo. Eran las dos de la tarde y el perro de don Samuel, un criollo viejo que siempre está con él, llevaba horas llorando y rascando la puerta principal de una manera desesperada. Pensando que el señor se había ido y había dejado al animal encerrado, caminé furiosa hacia su entrada lista para armarle un reclamo definitivo por el ruido.

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