Todavía puedo escuchar sus carcajadas mientras la camioneta se alejaba de la gasolinera.
No eran risas de complicidad.
Eran crueles.
Cortantes.
De esas que se quedan clavadas en la memoria mucho después de que todo lo demás empieza a desvanecerse.
Una nube de polvo se levantó detrás de las llantas mientras la camioneta aceleraba por la solitaria carretera del norte de México. El calor de la tarde caía con fuerza sobre mis hombros y el miedo me oprimía el pecho.
—¡Alejandro! —grité mientras corría detrás de la camioneta—. ¡Alejandro, detente!
Ni siquiera redujo la velocidad.
Las risas se hicieron todavía más fuertes.
Sus hermanos, Rodrigo y Emiliano, sacaron medio cuerpo por las ventanas con los celulares apuntándome directamente. Las pequeñas luces de grabación permanecían encendidas mientras captaban cada segundo de mi desesperación.
—¡Buena suerte, Valeria! —gritó Emiliano por encima del rugido del motor—. ¡Solo te faltan unos quinientos kilómetros para llegar a casa!
Unos segundos después, la camioneta desapareció detrás de una curva.
Me quedé completamente sola junto a una gasolinera casi desierta en medio de la carretera.
Mi bolso seguía dentro de la camioneta.
También mi cartera.
No tenía dinero.
No tenía agua.
No tenía ninguna forma de regresar.
Había entrado a la tienda únicamente porque Alejandro dijo que estaba demasiado cansado para bajarse a comprar una bebida energética.
Solo intentaba hacerle un favor a mi esposo.
Y él decidió abandonarme bajo el sol abrasador para que él y sus hermanos convirtieran mi miedo en entretenimiento para las redes sociales.
Casi una hora después, mi celular vibró.
La batería marcaba apenas un uno por ciento.
Era un mensaje de Alejandro.
**No te enojes, amor. Solo es una broma para nuestro canal. Ya vamos de regreso. Relájate.**
Antes de que pudiera responder, la pantalla se apagó.
Miré mi reflejo en el cristal negro del teléfono.
No grité.
No lloré.
Simplemente me sentí vacía.
Aquel era el hombre con quien había prometido compartir toda mi vida.
Y había decidido que mi miedo, mi angustia y mi humillación eran lo suficientemente divertidos como para grabarlos y publicarlos frente a miles de desconocidos.
En ese instante, algo dentro de mí cambió.
No fue un momento dramático.
No hubo gritos.
Ni una gran discusión.
La decisión llegó en silencio.
Fría.
Definitiva.
Al otro lado del estacionamiento, una vieja camioneta familiar se detuvo frente a una de las bombas de gasolina.
Una mujer de aspecto cansado bajó del vehículo, estiró la espalda y comenzó a cargar combustible.
Mientras la observaba, comprendí algo con absoluta claridad.
No quería que Alejandro regresara.
No quería escuchar otra disculpa vacía.
No quería volver a subir a esa camioneta mientras Rodrigo y Emiliano repetían el video riéndose de mí.
Y tampoco quería seguir casada un solo día más con un hombre que consideraba mi seguridad una simple broma.
Saqué la tarjeta SIM de mi teléfono apagado, la partí en dos y arrojé los pedazos al bote de basura más cercano.
Después respiré profundamente y caminé hacia la mujer que estaba junto a la camioneta.
Alejandro y sus hermanos querían grabar un video sobre mi desaparición.
Entonces les daría exactamente eso.
En aquel momento creía que solo estaba alejándome de un matrimonio cruel y lleno de humillaciones.
Jamás imaginé que mi desaparición desencadenaría una serie de acontecimientos que destruirían por completo la vida que Alejandro había construido… antes de que terminara la mañana siguiente.
Aquella mujer levantó la vista cuando me acerqué.
Tenía el cabello recogido de cualquier manera, unas profundas ojeras y las manos marcadas por años de trabajo.
—¿Estás bien, hija? —preguntó al verme completamente sola.
Durante varios segundos fui incapaz de responder.
Luego pronuncié la única verdad que todavía podía decir.
—Necesito desaparecer.
La mujer frunció el ceño.
No hizo preguntas incómodas.
No pidió explicaciones.
Solo observó mis ojos.
Quizá reconoció ese vacío.
Quizá ella misma lo había sentido alguna vez.
—Me llamo Teresa.
Asentí lentamente.
—Yo soy Valeria.
Teresa abrió la puerta de la camioneta.
—Sube.
No pregunté adónde iba.
Simplemente subí.
Mientras nos alejábamos de aquella gasolinera, miré por última vez el camino por donde Alejandro prometía regresar.
Nunca volvió a verme.
…
Exactamente treinta y ocho minutos después, Alejandro apareció nuevamente en la gasolinera con la cámara todavía grabando.
Rodrigo soltó una carcajada.
—Ya verás cómo está haciendo berrinche.
Pero cuando bajaron de la camioneta…
No encontraron a nadie.
El empleado de la tienda levantó la vista.
—¿Buscan a la muchacha?
Alejandro sonrió.
—Sí. ¿Dónde está escondida?
El hombre lo observó confundido.
—¿Escondida?
—Sí… la dejamos aquí hace un rato.
El empleado dejó lentamente una caja sobre el mostrador.
—¿La dejaron?