PARTE 1
—Si nuestro hijo no se casa con Camila, perderé el negocio… y no pienso permitirlo.
Natalia escuchó aquella frase dos días después de encontrar un zapatito amarillo de bebé escondido entre la ropa de su esposo. Hasta entonces había creído que lo peor era una infidelidad. Estaba equivocada.
Todo comenzó a las 3 de la madrugada, cuando el ruido de la lavadora la despertó en su departamento de la colonia Del Valle, en Ciudad de México. Esteban acababa de volver de un viaje a Monterrey y, en lugar de dormir, vaciaba su maleta con movimientos desesperados.
—¿Qué haces a esta hora?
Él se sobresaltó y lanzó algo pequeño dentro del tambor.
—Lavo mi ropa. Regresa a la cama.
Cuando Natalia intentó ayudarlo, Esteban le sujetó la muñeca con una fuerza que nunca había usado en 20 años de matrimonio.
—Te dije que no te metas.
Horas después, cuando él por fin se quedó dormido, Natalia abrió la lavadora. Entre camisas húmedas encontró un zapatito tejido, viejo, diminuto, de color amarillo. Su hijo Diego acababa de cumplir 20 años. En casa no quedaba nada de su infancia porque Esteban había obligado a regalarlo todo.
A la mañana siguiente, él revolvió la ropa como un hombre fuera de sí.
—¿Dónde está?
Natalia puso el zapatito sobre la mesa.
—¿De quién es?
Esteban lo apretó contra el pecho.
—De alguien que murió. No vuelvas a tocarlo.
La discusión terminó con una amenaza y un portazo. Pero la verdadera bomba estalló al día siguiente, cuando Diego llegó pálido y anunció que se casaría con Camila Pacheco, hija de un poderoso empresario de construcción.
Esteban celebró como si hubiera ganado la lotería.
—Roberto Pacheco invertirá en mi proyecto. Esta boda nos asegura el futuro.
Natalia miró a su hijo. No había alegría en sus ojos.
—Tú amas a Marisol, la enfermera de la clínica —dijo.
Diego bajó la cabeza.
—Papá fue a verla. Le dijo que yo nunca la defendería y que no era suficiente para nuestra familia.
Esteban ni siquiera lo negó.
—Marisol vive en un cuarto rentado y gana una miseria. Camila tiene apellido, contactos y capital.
—Estás vendiendo a tu propio hijo —respondió Natalia.
—Estoy salvando lo que construí. Y si la boda fracasa, será por tu culpa.
Esa noche, Diego confesó que Marisol estaba embarazada y que él había aceptado casarse con Camila por miedo a enfrentar a su padre. Natalia sintió que la vida de su hijo repetía la suya: una relación elegida por conveniencia, sostenida por miedo y silencio.