—¿A dónde? —pregunté.
Elisa respiró temblando.
—No sé. Dijeron que tú habías renunciado a mí.
Me quedé en silencio.
Yo jamás había firmado algo semejante.
—Escúchame. No salgas. ¿Tienes agua?
—Sí.
—¿Puedes cerrar por dentro?
—Sí.
—Entonces espera.
—¿Vas a regresar?
Miré la maleta abierta junto a mi cama.
—Ya estoy regresando.
Colgué y llamé a Patricia Luján, la abogada que había supervisado personalmente la adopción.
Contestó medio dormida.
—Alejandro, ¿qué ocurre?
—Necesito saber si alguien presentó documentos relacionados con Elisa.
Escuché un teclado.
Después silencio.
—¿Tú firmaste una solicitud de revocación de tutela hace ocho días?
—No.
Su voz cambió.
—Entonces tenemos un problema.
Habían presentado una copia de mi pasaporte, una firma certificada y un informe donde supuestamente yo declaraba que Elisa tenía conductas violentas y debía regresar temporalmente a una institución.
—Detén todo.
—Ya fue autorizado de manera provisional.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Quién recibió la autorización?
Patricia tardó demasiado en responder.
—Tu hermano Mauricio.
Ahí comprendí por qué Claudia había podido moverse con tanta seguridad.
No estaba sola.
Antes de comprar el primer boleto de regreso llamé al responsable de seguridad de mis empresas.
—Bloquea accesos corporativos. Congela poderes internos. Nadie vende nada.
—Señor, hay algo que debe saber antes.
—Habla.
—Hace dos meses recibimos instrucciones para no informarle de ciertos movimientos patrimoniales.
—¿De quién?
—Venían de su oficina jurídica.
Eso era imposible.
Mi oficina jurídica reportaba directamente conmigo.
—Envíame todo.
Cinco minutos después recibí una carpeta cifrada.
Había transferencias, ventas anticipadas y préstamos garantizados con propiedades de mis empresas.
Más de treinta millones habían desaparecido.
Pero un documento llamó mi atención.
No era una transferencia.
Era una póliza.
Habían contratado un seguro de vida a mi nombre cuatro meses antes de mi viaje.
Beneficiaria principal: Claudia.
Beneficiario sustituto: Mauricio.
Y adjunto había un certificado médico que aseguraba que yo sufría una enfermedad cardíaca grave.
Nunca había tenido problemas del corazón.
Entonces apareció otro archivo.
Una autorización para trasladar a Elisa fuera del estado exactamente veinticuatro horas después de mi supuesto fallecimiento.
Ya no parecía que quisieran aprovechar mi ausencia.
Parecía que estaban preparando algo para asegurarse de que nunca regresara.
Mi teléfono volvió a sonar.
Elisa.
Contesté inmediatamente.
Pero esta vez no escuché su voz.
Escuché pasos.
Después, Claudia dijo muy cerca del teléfono:
—Ya sé que hablaste con tu papá.
Se oyó un golpe en la puerta del armario.
—Abre, Elisa.
La niña permaneció callada.
—No hagas esto difícil.
Entonces escuché la voz de mi hermano.
—Quítate. Yo tengo la llave.
Me levanté de la cama.
Pero antes de que pudiera hablar, otra voz apareció del otro lado.
Una voz masculina que no reconocí.
—No abran esa puerta.
Hubo silencio.
El hombre continuó:
—El señor Santillán dejó instrucciones hace tres años para esta situación.
Claudia murmuró:
—¿Quién demonios es usted?
La respuesta me dejó inmóvil.
—La persona que Alejandro contrató para proteger a Elisa precisamente de ustedes.
Entonces la llamada se cortó.
Segundos después recibí una fotografía.
Mostraba una caja fuerte abierta dentro de mi propia casa.
En su interior había un expediente con mi nombre.
Y sobre él, una fotografía tomada semanas antes de mi viaje.
Claudia aparecía junto a Mauricio.
Pero había una tercera persona.
El hombre que había iniciado la demanda que me mantenía atrapado en España.
Ahí entendí que nunca habían esperado a que yo me marchara para traicionarme.
Ellos habían provocado mi salida.
Y mientras corría hacia el aeropuerto, recibí un último mensaje:
“Señor Santillán, no regrese todavía. Primero debe saber quién autorizó realmente la adopción de Elisa… porque Claudia no quiere deshacerse de la niña por su herencia. Quiere impedir que usted descubra quién era su verdadero padre.”
¿Qué pasó después…?