Dejaron a mi hermano colgado en la montaña y lo señalaron como saboteador delante de todo el grupo. Dijeron que él había cortado la línea de seguridad del instructor para quedarse con su lugar en la expedición. Pero cuando metí la mano en el bolsillo de la chamarra del líder… encontré una navaja plegable todavía enredada con fibras rojas del mismo cable.

Dejaron a mi hermano colgado en la montaña y lo señalaron como saboteador delante de todo el grupo. Dijeron que él había cortado la línea de seguridad del instructor para quedarse con su lugar en la expedición. Pero cuando metí la mano en el bolsillo de la chamarra del líder… encontré una navaja plegable todavía enredada con fibras rojas del mismo cable.
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Posted on 5 August, 2026 by abel

🧗⛰️ Dejaron a mi hermano colgado en la montaña y lo señalaron como saboteador delante de todo el grupo.
Dijeron que él había cortado la línea de seguridad del instructor para quedarse con su lugar en la expedición.
Pero cuando metí la mano en el bolsillo de la chamarra del líder… encontré una navaja plegable todavía enredada con fibras rojas del mismo cable. 🧗⛰️

Me llamo Rebeca Tovar, tengo treinta y seis años y nunca me gustaron las alturas. Aun así, aquella mañana terminé subiendo a la Sierra Gorda de Querétaro por una sola razón: mi hermano menor, Gael, llevaba meses ahorrando para entrar al curso avanzado de rescate en montaña, y ese ascenso final definía quiénes pasarían a la certificación estatal.
Gael tenía veintitrés años, manos llenas de raspones, una mochila remendada y una obsesión casi ridícula por demostrar que podía llegar más lejos que cualquiera. Desde niño había sido así. Cuando todos lo veían como “el chamaco terco de la casa”, yo veía otra cosa: hambre de valer algo en un mundo que siempre le pedía pruebas.

El instructor principal se llamaba Darío Santibáñez. Era famoso entre los grupos de senderismo de la zona. Alto, seguro de sí mismo, sonrisa de hombre acostumbrado a que lo admiren. También era el tipo de persona que humillaba a quien se equivocara dos centímetros.
Desde que arrancó el entrenamiento le traía coraje a Gael.
—Demasiadas ganas de lucirte, Tovar —le dijo el primer día, cuando mi hermano corrigió un anclaje mal puesto por otro compañero.
Gael no respondió. Solo apretó la mandíbula. Ya me había contado que Darío llevaba semanas apartándolo de las maniobras más visibles y dándole las peores tareas, como revisar cargas, recoger residuos o quedarse al final cerrando ruta mientras los demás recibían felicitaciones.

Ese sábado el grupo era de nueve personas. Habían salido antes del amanecer rumbo a una pared de roca donde harían un descenso técnico. Yo no iba en el curso, pero Darío permitió que subiera hasta el campamento intermedio porque, según él, “alguien tenía que bajar en camioneta por si uno de los muchachos se ponía mal”. Lo dijo mirándome a mí, como si hablara de mi hermano.
Alrededor de las once de la mañana escuchamos el primer grito.
Venía desde arriba, seco, furioso, seguido de un ruido de metal golpeando la roca. Luego otro grito:

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