PARTE 2
—¿Ya revisaron los papeles de la casa? —pregunté.
—Todavía no. Por eso no voy a dejar que entregues un peso hasta revisar el folio real, los gravámenes y el contrato —contestó Clara.
Aquella respuesta me tranquilizó más que el saldo de mi cuenta. Había vivido cuarenta y cuatro años con un hombre que medía dos veces antes de cortar una tabla. No iba a gastar millones por un arranque de orgullo.
Clara me presentó a Amalia Robles, una asesora inmobiliaria ajena a los negocios de Andrés. Fuimos juntas a la calle de los Naranjos. La jacaranda dejaba flores moradas sobre las baldosas. En la terraza todavía había un columpio de madera; dentro, olía a polvo y pintura vieja.
—El inversionista pagó nueve millones trescientos mil —me explicó Amalia—. Pide once millones cuatrocientos mil porque ya pagó estudios y trámites del proyecto.