Mi madrastra dejó a mi bebé recién nacida durmiendo en la vieja casita del perro mientras adentro servía una comida familiar como si mi hija estorbara

Mi madrastra dejó a mi bebé recién nacida durmiendo en la vieja casita del perro mientras adentro servía una comida familiar como si mi hija estorbara

Patricia había tomado la cámara y caminaba nuevamente hacia la sala.

Se escuchaba a Ernesto detrás.

—Te dije que no mezclaras a la bebé.

—No estoy mezclando nada.

—Arturo todavía no firma.

Sentí que algo dentro de mí se detenía.

Mi papá también lo escuchó.

—¿Firmar qué?

Patricia se abalanzó hacia mí.

—¡Dame esa cámara!

Mi padre la sujetó del brazo antes de que pudiera alcanzarme.

—¡Ya basta!

El grito hizo llorar más fuerte a mi hija.

La abracé.

—Tranquila, mi amor. Mamá está aquí.

Mi papá soltó inmediatamente a Patricia y se alejó.

—Mariana, lleva a la niña adentro.

—No.

—Hija…

—No voy a dejar de escuchar ahora.

Patricia tenía lágrimas en los ojos.

Pero no parecían lágrimas de arrepentimiento.

Parecían de desesperación.

El video continuó.

Ernesto decía:

—Si Mariana se entera antes de la firma, se acabó.

Patricia contestó:

—Por eso necesito que deje de venir tanto.

Sentí que las piernas se me aflojaban.

Yo había empezado a visitar más a mi papá desde que nació mi hija.

Mi esposo, Diego, trabajaba algunos fines de semana y a mi papá le encantaba cargar a su primera nieta.

Hasta ese momento había pensado que las molestias de Patricia eran simples celos.

Los comentarios.

“Vienes demasiado.”

“Tu papá necesita descansar.”

“Ya tienes tu propia familia.”

“Una bebé cambia demasiado la rutina de una casa.”

Nunca imaginé que hubiera algo detrás.

Mi papá se sentó lentamente.

—¿Qué querías que firmara?

Patricia guardó silencio.

Ernesto miró hacia la puerta.

—Pregúntale a ella.

—Te lo estoy preguntando a ti.

—Yo solo la puse en contacto con una persona.

—¿Qué persona?

Silencio.

Entonces mi tía Lucía habló desde la mesa.

—Arturo…

Todos volteamos.

Ella estaba pálida.

—Hace dos semanas Patricia me preguntó si todavía conocía al notario con el que trabajó Raúl.

Patricia cerró los ojos.

Mi papá parecía confundido.

—¿Para qué?

Lucía tragó saliva.

—Me dijo que querían ordenar unos asuntos de la casa.

La expresión de mi padre cambió.

Nuestra casa familiar en Querétaro había pertenecido originalmente a mis abuelos.

Cuando mi abuela murió, mi padre compró las partes de sus hermanos y años después quedó como único propietario.

Yo nunca había preguntado cuánto valía.

Nunca me importó.

Era simplemente la casa donde había aprendido a andar en bicicleta, donde celebrábamos Navidad y donde mi mamá había vivido antes de morir.

Patricia llegó a nuestra familia muchos años después.

Mi padre la conoció cuando yo ya estaba en la universidad.

—¿Querías vender la casa? —pregunté.

—Claro que no.

Respondió demasiado rápido.

Mi padre la observó.

—Entonces dime qué querías que firmara.

—Un trámite.

—¿Cuál?

—Arturo, esto no tiene que discutirse frente a todos.

—Mi nieta terminó afuera por culpa de algo relacionado con ese trámite.

Patricia golpeó la mesa con la palma.

—¡Porque Mariana nunca nos deja vivir!

Me quedé mirándola.

Finalmente había dicho lo que realmente sentía.

—¿Qué significa eso?

—Desde que nació esa niña, tu padre canceló nuestro viaje a Mérida. Cambió sus planes. Empezó a hablar de ayudarte con una casa. Después comenzó con eso de “quiero dejar todo arreglado para Mariana y mi nieta”.

Mi padre frunció el ceño.

—Te dije que quería actualizar mi testamento. Eso es todo.

—Exactamente.

Patricia se volvió hacia él.

—¿Y yo qué?

—Eres mi esposa.

—Pero esta casa siempre será “la casa de Mariana”. Tu dinero siempre será “para ayudar a Mariana”. Tus decisiones siempre terminan dependiendo de Mariana.

Sentí una mezcla extraña de rabia y tristeza.

—Yo nunca le he pedido esta casa.

—No necesitas pedirla.

Patricia señaló a mi hija.

—Ahora tienes algo mucho más efectivo.

Mi papá se puso de pie.

—No vuelvas a hablar así de mi nieta.

Patricia respiraba rápidamente.

Por un momento pensé que se había terminado.

Que todo aquello era producto de celos, resentimiento y una discusión por una futura herencia.

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