Elías la ayudó a bajar y la condujo adentro. La casa era austera, pero limpia. Una mesa, dos sillas, una chimenea encendida, una cocina pequeña y una habitación al fondo. Él volvió a sacar la libreta y escribió:
“La recámara es tuya. Yo dormiré aquí.”
Clara lo miró, sorprendida.
—No hace falta.