Cuando quedaron solos, él se acercó.
—Sé que no merezco pedirte nada.
—Entonces no lo hagas.
—Necesito decirlo aunque nunca me perdones. Vi una prueba falsa y creí lo peor porque era más fácil culparte que enfrentar a mi madre. Te abandoné cuando estabas más vulnerable.
Valeria sostuvo su mirada.
—No me abandonaste. Me atacaste. Hay una diferencia.
Rodrigo asintió.
—Lo sé.
—Amenazaste con declararme inestable. Permitiste que Beatriz insultara a nuestros hijos. Me empujaste mientras los cargaba.
—Lo recuerdo cada noche.
—Espero que lo recuerdes cuando quieras sentir lástima por ti mismo.
Rodrigo bajó la cabeza.
—¿Puedo verlos?
—No todavía.
—Soy su padre.
—Biológicamente. Para convertirte en algo más necesitarás una evaluación psicológica, tratamiento, cursos de crianza y visitas supervisadas. Un juez decidirá cuándo.
—¿Eso es un castigo?
—Es protección.
Rodrigo respiró profundamente.
—Aceptaré todo.
Valeria no le creyó de inmediato. Había aprendido que las promesas pronunciadas después de perder el poder podían ser otra forma de negociación.