Mi vida debe pertenecerte.
Llevaba tres semanas teniendo 19 años.
Y alguien ya había intentado decidir que todavía no debía pertenecerme.
Me senté en el piso.
Lloré.
Mi padre no intentó abrazarme.
Se quedó donde estaba.
Agradecí que lo hiciera.
Después de un rato pregunté:
—¿Por qué ella quería que nunca supiera de Ana?
—No puedo responder por ella.
—Llevas diecinueve años casado con ella.
—Y aun así no puedo meterme en su cabeza.
—Inténtalo.
Suspiró.
—Al principio decía que quería protegerte.
—¿De qué?
—De sentir que habías perdido dos padres antes de poder conocerlos.
—Pero
yo ya tenía padres.
—Exacto.
—Ustedes.
Asintió.
—Después pasó el tiempo.
Su voz se hizo más baja.
—Y creo que dejó de ser protección.
—¿Entonces qué era?
—Miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que si descubrías quién era Ana, dejarías de verla como tu madre.