“Tu padre está confundido.”
“Hay cosas de Ana que no entiendes.”
Y el último:
“Si te enseñó documentos, no firmes nada.”
Levanté el teléfono hacia él.
—Ella sabe exactamente dónde estamos.
—Probablemente ya lo dedujo.
—Pensé que no querías que nos encontrara.
—Quería tiempo suficiente para darte esto antes de que pudiera impedirlo.
Volví a mirar la caja.
Había nueve sobres pequeños.
No.
No nueve.
Cuatro.
Uno llevaba mi nombre.
Los otros tenían fechas.
—¿Qué son?
—Cartas de Ana.
Tomé la que decía “Emily”.
—¿La has leído?
—No.
—¿Mamá?
—No debería haberlo hecho.
—Eso no responde.
Mi padre apretó los labios.
—No lo sé.
Abrí el sobre.
La carta era breve.
La letra era redonda.
Muy parecida a la mía.
“Emily:
Si algún día lees esto, espero que hayas tenido una infancia en la que te hayas sentido elegida, no abandonada.