En los últimos días o semanas de vida, el cuerpo puede reducir progresivamente su actividad. Uno de los cambios más visibles es el aumento del sueño. La persona puede pasar más tiempo dormida, responder con lentitud o parecer menos conectada con lo que ocurre a su alrededor. No siempre significa que esté sufriendo: a menudo refleja un menor nivel de energía, aunque solo un profesional puede valorar la situación concreta.
También puede disminuir el interés por la comida y la bebida. Las porciones se vuelven pequeñas y algunos alimentos dejan de resultar atractivos. Forzar a comer o beber puede causar incomodidad. Suele ser más útil ofrecer cantidades pequeñas si la persona las desea, humedecer los labios y respetar sus preferencias, siguiendo las indicaciones del equipo de atención.
La respiración puede cambiar de ritmo: hacerse irregular, alternar respiraciones profundas y superficiales o incluir pausas. A veces aparece un sonido húmedo o áspero causado por secreciones que la persona ya no puede expulsar con facilidad. Aunque puede ser inquietante para la familia, no demuestra por sí mismo que haya dolor o sensación de asfixia. La posición y las medidas de confort deben decidirse con orientación sanitaria.