La piel tiene varias capas con funciones diferentes. La epidermis es la parte más externa y se renueva de forma continua. Debajo se encuentra la dermis, una capa más profunda que contiene estructuras como fibras, vasos sanguíneos y terminaciones nerviosas.
Durante el tatuaje, una aguja introduce pigmento mediante numerosas perforaciones rápidas. El objetivo es depositarlo en la dermis, no simplemente sobre la superficie. Si la tinta quedara únicamente en la epidermis, las células que se desprenden y se reemplazan con el tiempo acabarían llevándose buena parte del color.
Por eso la permanencia del tatuaje está relacionada con su ubicación. La dermis cambia más lentamente que la capa externa, de modo que el pigmento puede permanecer allí durante muchos años. Esto no significa que el dibujo sea completamente inalterable: la exposición solar, el envejecimiento de la piel y otros factores pueden modificar gradualmente su aspecto.