“¡Pínchale el talón al muerto!”, me advirtió una mujer sin hogar. A la mañana siguiente, un médico me entregó un hombre con certificado de defunción, mientras su esposa preguntaba por el notario. Esperé a quedarme sola, le quité el calcetín izquierdo y descubrí algo que llevaba cuarenta años intentando olvidar.

—Mis papás nunca me lo escondieron —respondió—. Me llevaron a casa cuando tenía tres años. Papá manejaba camiones y mamá era auxiliar de enfermería. Los dos murieron. Si vas a preguntarme si busqué a mi madre biológica, la respuesta es no.

—¿Por qué?

—Porque pensé que ella había tomado su decisión. Y yo tuve buenos padres. No quería hacerlos menos.

Sentí orgullo por dos personas a las que jamás conocí y que habían hecho lo que yo no pude. Entonces le enseñé, sin acercársela todavía, una copia de mi documento.

—Hay algo que necesito hablar contigo —dije—. Yo tuve un hijo ese mismo día, en el mismo hospital. Le puse Andrés. Lo entregaron a una institución para adopción. Tenía una mancha como la tuya en el talón izquierdo.

Él bajó la mirada hacia sus pies.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *