Cuántas veces había intentado sacar buenas calificaciones, vestirme mejor o comportarme perfectamente para conseguir una palabra de cariño.
Ahora entendía que jamás había sido una cuestión de merecimiento.
Seguí leyendo.
Tu verdadera madre tenía unas manos ásperas de tanto trabajar con harina. Se levantaba antes del amanecer para preparar pan, pero siempre encontraba tiempo para sonreírte.
Cuando naciste, dijo que no necesitaba ninguna fortuna porque ya tenía el regalo más grande de su vida.
Quiero que sepas que llevas algo de ella en tu manera de mirar a las personas y en tu capacidad de ayudar sin esperar nada a cambio.
No te avergüences nunca de esa sensibilidad. Solo aprende a protegerla.
Me cubrí el rostro.
Durante años había creído que ser buena significaba soportarlo todo.
Perdonar cada humillación.
Callar para evitar discusiones.
Entregar mi tiempo y mi tranquilidad para que otros estuvieran contentos.