—La noche que murió el señor Esteban, yo estaba escondida detrás de las escaleras.
Ramira abrió los ojos.
Esteban Fuentes.
Su esposo.
El hombre cuya muerte la había enviado ahabía actuado con violencia aquella noche.
La persona que había llorado frente al tribunal diciendo:
“Mi propia hermana perdió el control.”
Ramira sintió que las manos le temblaban.
—¿Qué te dijo?
Salomé miró hacia la puerta.
Como si todavía tuviera miedo de que alguien pudiera escuchar.
—Me dijo que si contaba lo que vi, tú nunca volverías a salir de la cárcel.
El coronel Méndez entró finalmente en la sala.
No pudo seguir observando.
—Salomé, necesito que me cuentes todo.
La niña lo miró.
—¿Me va a creer?
La pregunta sorprendió al hombre.
Después de treinta años trabajando en prisión, había escuchado miles de promesas de inocencia.