Al otro lado de la línea, Raymond Harrell permaneció en silencio unos segundos.
—Hija, llevo tres años esperando que me digas esas palabras.
Phoebe cerró los ojos.
—¿Qué palabras?
—Que quieres volver a casa.
Aquella respuesta le rompió el corazón.
Durante tres años había intentado demostrar que podía construir una vida sin el dinero de su familia. Cuando conoció a Spencer Conway, no le contó que era hija de Raymond Harrell, fundador de Harrell Global, un conglomerado con inversiones en tecnología, hospitales, bienes raíces y servicios financieros.
Quería que un hombre la amara por quien era, no por el apellido que llevaba.
Y Spencer, al principio, parecía ser ese hombre.
Le llevaba flores después de jornadas agotadoras. Le preparaba café los domingos. Le prometía que algún día construirían una empresa juntos.
—No necesito la fortuna de tu padre —le había dicho una vez—. Solo necesito que creas en mí.