Ricardo se acercó a las pinturas.
Se detuvo especialmente frente a la casa de la ventana iluminada.
—¿Por qué solamente hay una luz encendida?
—Porque alguien está esperando que regrese una persona —respondió Sofía.
Ricardo sonrió.
—Tu abuela hacía eso cuando éramos niños. Nunca apagaba la luz hasta que Gabriel y yo volvíamos a casa.
Teresa se cubrió la boca, emocionada.
Sofía miró a su tío con curiosidad.
Ricardo aprovechó el momento.
—Tu abuela me contó que quieres estudiar pintura profesionalmente.
—Sí, pero cuesta mucho.
—Yo puedo pagarte un año completo.
La adolescente abrió los ojos.
—¿De verdad?
—Claro. El talento de la familia merece una oportunidad.
—¡No! —interrumpió Gabriel.
Varios padres voltearon.
—No vas a comprar a mi hija, Ricardo.
—Solo quiero ayudarla.
—¡Aléjate de nosotros!
La discusión atrajo todas las miradas.
Ricardo no levantó la voz. Se limitó a decir: