Allí estaba mi nombre completo.
El documento afirmaba que yo había realizado una inversión familiar superior a un millón de pesos y que estaba comprometida con el crecimiento de la empresa.
En otra página mencionaba mi patrimonio inmobiliario como prueba de estabilidad financiera.
Sentí que se me helaban las manos.
Mi nuera no solo había utilizado mi dinero para fingir una vida exitosa.
También estaba utilizando mi nombre para convencer a otras personas de que su negocio tenía respaldo económico.
Llamé inmediatamente a Ricardo.
—¿Desde cuándo soy inversionista de la empresa de tu esposa?
Escuché un golpe seco.
—Mamá, déjame explicarte.
—¿Tú sabías que estaban presentándome como su respaldo financiero?
—Fernanda necesitaba demostrar solvencia. Era una presentación preliminar, nada más.
—¿Y mi autorización?
—Pensábamos hablar contigo después de la cena.
Aquella respuesta me dolió más que todos los insultos de Fernanda.