Mi nuera organizó una elegante cena de Acción de Gracias y me prohibió asistir por ser “demasiado sencilla”. “No quiero que incomode a mis clientes”, dijo, olvidando que yo pagaba buena parte de su casa. Me quedé callada, cancelé los depósitos y seguí con mi día. Pero cuando sumé 28 meses de ayuda, descubrí por qué mi hijo tenía tanto miedo de que revisara las cuentas.

Me abrazó sin decir nada.

También comencé a hacer cosas que había pospuesto durante demasiado tiempo.

Cambié mis lentes.

Arreglé una gotera en el patio.

Volví a salir con Beatriz y finalmente hicimos aquel pequeño viaje a Mazatlán que tanto habíamos planeado.

Una tarde, mientras caminábamos cerca del mar, mi amiga me preguntó si alguna vez me había arrepentido de cancelar aquellas transferencias.

Pensé en Ricardo.

Pensé en Fernanda.

Pensé en el millón doscientos mil pesos que había entregado creyendo que estaba protegiendo a mi familia.

Y pensé en Roberto.

Él siempre decía que el dinero no servía de nada si uno no podía dormir tranquilo.

—Me arrepiento de no haber puesto límites antes —respondí—. Pero no me arrepiento de haber empezado a hacerlo.

Beatriz me tomó del brazo y seguimos caminando.

Hoy sigo viviendo en mi pequeña casa de Guadalajara.

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