Un sábado de verano organicé una comida para las señoras que me habían ayudado a demostrar la verdad.
Invité a Zenaida, Teresa, Chela y otras amigas.
No les cobré nada.
Tomás preparó carnitas, arroz rojo, nopales y agua de jamaica. Mi papá encendió el asador y comenzó a contar sus historias de cuando yo era niña.
Las mujeres se reían mientras contemplaban el agua desde la terraza.
En algún momento la señora Teresa señaló mi sillón de masajes.
—Oiga, licenciada, ¿y ese es el famoso sillón?
—El mismo.
—¿Todavía funciona?
—Perfectamente.
Chela levantó ambos pies y preguntó con una sonrisa:
—¿Y ahora quién nos va a lavar los pies?
Todas soltamos una carcajada.
—Aquí cada quien se lava los suyos —respondí—. Pero si quieren otro vaso de agua fresca, con mucho gusto se los sirvo.
Mi papá me miró y sonrió.