Mauricio palideció.
—¡Mamá, cállate!
—¡No me voy a callar! ¡Tú me dijiste que Elisa nunca se daría cuenta!
Nadie necesitó hacer otra pregunta.
Madre e hijo comenzaron a culparse mutuamente delante de todos.
Yo los observaba desde unos metros de distancia.
Recordé lo que mi papá siempre decía: cuando alguien se acostumbra a aprovecharse de los demás, termina creyendo que jamás tendrá consecuencias.
Finalmente me acerqué a las mujeres.
—Señoras, yo no recibí sus pagos, pero tengo sus nombres y los datos de las transferencias. Mi abogado puede ayudarlas a presentar sus reclamaciones. Lo importante es que recuperen su dinero.
Chela me apretó la mano.
—Perdónenos, licenciada. Creímos que usted estaba enterada.
—Ustedes también fueron engañadas.
Poco después Mauricio tuvo que vender la camioneta para pagar sus deudas y devolver parte de los cobros realizados a espaldas mías.