Esa noche se fueron los tres.
Tomás permaneció junto a la puerta del garaje, sujetando su mochila.
—Señora Elisa, yo también puedo irme. No quiero causarle problemas.
Sentí que se me apretaba el corazón.
—Tú no tienes la culpa, muchacho. Puedes quedarte mientras terminas el semestre. Y no volverás a pagar renta.
El muchacho empezó a llorar.
—Yo creí que usted sabía todo.
—Lo sé.
Cuando finalmente me quedé sola, me senté en el sillón de masajes.
Todavía estaba húmedo.
Y entonces lloré.
No por Mauricio.
Lloré por la mujer que había sido durante meses, justificando desprecios porque confundía paciencia con amor.
A la mañana siguiente llamé a mi papá.
—Ya se fueron, pa.
—¿Todos?
—Todos menos el muchacho que cocina.
—Entonces todavía queda alguien útil en esa casa.
Me reí entre lágrimas.
Pero la tranquilidad duró muy poco.