—Tienes ojeras, mi amor. ¿Otra vez soñaste con el bebé? —preguntó Rodrigo.
—Sí. Todavía lo extraño.
Me acarició el hombro.
—Tienes que dejar atrás lo que pasó.
Tuve que apretar los dientes para no gritar.
Dos días después busqué a Adriana, una abogada especializada en asuntos familiares y empresariales.
Le expliqué todo.
—Puedes divorciarte por la infidelidad, Mariana, pero hay algo más importante —me advirtió—. Necesitamos comprobar que los recursos de la empresa estén protegidos.
Aquella frase me hizo revisar los estados financieros que había descuidado durante mi recuperación.
Regresé discretamente a Encino Casa y pedí a Patricia, nuestra contadora, los contratos de servicios externos correspondientes a los últimos meses.
Tres documentos llamaron mi atención.
Todos pertenecían al estudio de Lorena.
El primero era por 180 mil pesos. El segundo, por 200 mil. El tercero, por 240 mil.
Un total de 620 mil pesos.