Mi madrastra subió al autobús que manejo a las seis de la mañana y se quedó helada al reconocerme. “No sabes en lo que te estás metiendo”, susurró mientras escondía su tarjeta. No le respondí; seguí el procedimiento. Jamás imaginé que aquella pequeña credencial, con la fotografía de mi padre, terminaría llevándome hasta 41 expedientes judiciales relacionados con el mismo abogado.

Le pregunté cuándo había visitado a mi padre por última vez.

Bajó la mirada.

—No me han autorizado entrar.

Aquella respuesta confirmó que algo estaba terriblemente mal.

Presenté una denuncia ante las autoridades encargadas de proteger a los adultos mayores. Me explicaron que existía una resolución judicial y que necesitaba aportar pruebas de alguna irregularidad.

Entonces Teresa me llamó llorando.

Quería reunirse en una cafetería cerca del banco donde utilizaba la tarjeta.

Llegó con un abrigo desgastado y las manos temblorosas.

—Mauricio me engañó —susurró—. Cuando Héctor enfermó, dijo que podía conseguirle atención especializada. Me prometió que administraría su dinero y que yo recibiría una cantidad mensual para mis gastos.

Según Teresa, firmó documentos que apenas comprendía. Después vendieron la casa, trasladaron a mi padre a una residencia y redujeron el dinero que le entregaban.

—Ahora apenas puedo verlo una hora los martes.

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