Le pregunté cuándo había visitado a mi padre por última vez.
Bajó la mirada.
—No me han autorizado entrar.
Aquella respuesta confirmó que algo estaba terriblemente mal.
Presenté una denuncia ante las autoridades encargadas de proteger a los adultos mayores. Me explicaron que existía una resolución judicial y que necesitaba aportar pruebas de alguna irregularidad.
Entonces Teresa me llamó llorando.
Quería reunirse en una cafetería cerca del banco donde utilizaba la tarjeta.
Llegó con un abrigo desgastado y las manos temblorosas.
—Mauricio me engañó —susurró—. Cuando Héctor enfermó, dijo que podía conseguirle atención especializada. Me prometió que administraría su dinero y que yo recibiría una cantidad mensual para mis gastos.
Según Teresa, firmó documentos que apenas comprendía. Después vendieron la casa, trasladaron a mi padre a una residencia y redujeron el dinero que le entregaban.
—Ahora apenas puedo verlo una hora los martes.