Aquella tarde, antes de regresar a casa, Mauricio volvió a preguntarme:
—¿Lista para irnos, mamá?
Miré a Teresa, que sostenía mi mano.
Después sonreí.
—Sí, hijo. Ahora sí estamos listas las dos.
Y mientras el taxi número 27 avanzaba por las calles de Guadalajara, comprendí algo que jamás había aprendido detrás de un micrófono:
Hay esperas que nos rompen el corazón, pero también hay caminos que solo se abren cuando dejamos de esperar promesas y comenzamos a exigir hechos.