Mi hijo prometió llevarme a fisioterapia mientras yo estaba postrada en cama, pero prefirió pasear con su suegra, que presumía en Facebook: “Mi yerno, mi chofer particular”. Después de 13 citas perdidas, recuperé discretamente las tardes de mi taxi. Mi nuera llegó a exigirme que cambiara de opinión, pero entonces su madre vio una vieja radio en mi habitación y palideció.

Aquella tarde, antes de regresar a casa, Mauricio volvió a preguntarme:

—¿Lista para irnos, mamá?

Miré a Teresa, que sostenía mi mano.

Después sonreí.

—Sí, hijo. Ahora sí estamos listas las dos.

Y mientras el taxi número 27 avanzaba por las calles de Guadalajara, comprendí algo que jamás había aprendido detrás de un micrófono:

Hay esperas que nos rompen el corazón, pero también hay caminos que solo se abren cuando dejamos de esperar promesas y comenzamos a exigir hechos.

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