Daniel nunca necesitó que nadie lo considerara perfecto.
Solo necesitaba que lo juzgaran por sus actos, y no por sus prejuicios.
Esa noche, mientras cenábamos, me contó que una compañera nueva le había preguntado cómo conseguía mantener siempre la sonrisa.
Él se encogió de hombros y contestó:
—Porque mi mamá me enseñó que, aunque algunas personas no crean en ti, no debes dejar de hacer las cosas bien.
Bajé la mirada para ocultar mis lágrimas.
Mi hijo no había ganado únicamente un puesto mejor ni había recuperado su reputación. Había demostrado algo que muchos adultos olvidan: la honestidad no depende de una discapacidad, y la dignidad de una persona no se mide por lo rápido que aprende, por cómo habla o por la manera en que se ve.
Se mide por cómo vive y por cómo trata a los demás.