Comparamos los documentos con mis hojas de revisión. La fundación pagaba servicios inexistentes a empresas relacionadas con Teresa y desviaba recursos hacia una sociedad administradora familiar. Los expedientes de mujeres atendidas servían para justificar gastos y darle apariencia caritativa al dinero.
No todas las beneficiarias eran inventadas. Varias habían recibido apoyo real. Precisamente eso hacía difícil detectar el abuso. Teresa mezclaba atención legítima con cobros inflados y utilizaba nombres de mujeres vulnerables para respaldar facturas o tratamientos que nunca se realizaron.
Conmigo había querido algo distinto. Mi experiencia como contadora daba credibilidad a los informes que pensaba poner bajo mi responsabilidad. Primero me ofreció colaborar. Cuando empecé a señalar diferencias, Mauricio me exigió dejar de revisar. Al ver que seguía guardando preguntas, empezaron las consultas con Vela y los comentarios sobre mi supuesta inestabilidad.
El plan no necesitaba que un juez me declarara incapaz de inmediato. Les bastaba intentar ingresarme con una valoración falsa y mi consentimiento imitado, aislarme unos días y después presentar mis acusaciones como síntomas. Mientras tanto, podían modificar documentos, presionar testigos y culparme de una contabilidad que jamás autoricé.