Mi esposo me rompió dos costillas mientras sonreía y, horas después, fingió ser el marido perfecto en el hospital. “Diles que te caíste”, me susurró. No discutí. Cuando el médico vio mis heridas durante tres segundos, le mostré las pruebas que llevaba ocho meses escondiendo. Lo que encontró podía destruir no sólo a mi esposo, sino a toda su poderosa familia.

Irene recibió las referencias y solicitó que los investigadores comprobaran las operaciones por los conductos legales. También le expliqué que las nueve beneficiarias compartían una cuenta receptora intermedia, aunque los comprobantes posteriores mencionaban destinos distintos. La fundación podía tener un administrador de pagos legítimo; necesitábamos averiguar quién lo controlaba y qué servicios había prestado realmente.

Al mediodía Teresa apareció con dos abogados. Exigió entrar sola. Acepté verla únicamente en presencia de Clara y la trabajadora social.

—Mi hijo está dispuesto a llevarte de regreso a casa si aclaras este malentendido.

—No voy a regresar.

—Entonces piensa en tu reputación. Hay un informe del doctor Vela que recomienda internarte para protegerte de tus propios impulsos.

Dejó sobre la mesa una copia. No era una orden judicial, sino una valoración privada que calificaba de delirantes mis acusaciones sobre la fundación. Estaba fechada dos semanas antes del ataque.

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