Mi esposo me llamó cruel cuando supo que había interrumpido mi embarazo, aunque él mismo me abandonó para correr detrás de su amante. “Era mi hijo, ¿cómo pudiste?”, me reclamó. Yo sólo le entregué los papeles del divorcio y le pedí diez días. Él creyó que me marcharía sin nada,

Nuestra amistad terminó convirtiéndose en amor.

Gabriel nunca me pidió dinero ni intentó controlar mis decisiones.

Discutíamos, nos reconciliábamos y aprendimos a hablar de aquello que nos daba miedo.

Por primera vez entendí que una relación no tenía que construirse sobre sacrificios desesperados.

Un año después descubrí que estaba embarazada.

Cuando vi el resultado positivo, sentí pánico.

Recordé a mi madre.

Recordé al bebé que había perdido.

Y pensé que quizá estaba destinada a repetir la misma historia.

Gabriel me encontró llorando en nuestra habitación.

—¿Qué pasa, Vale?

Le mostré la prueba.

Se sentó junto a mí.

—¿Tienes miedo?

Asentí.

—Muchísimo.

Me tomó la mano.

—No voy a decirte que todo será perfecto. Pero quiero que sepas algo: no tienes que tomar ninguna decisión para conservarme. Estoy aquí porque te amo.

Lloré más fuerte.

—¿Y si soy una mala madre?

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