Me condenaron a 25 años de prisión. Mientras los guardias se acercaban para llevarme, mi suegra fingía llorar y mi esposo acariciaba tiernamente el vientre de su amante embarazada. Los miré, sonreí con tranquilidad y revelé un secreto. Los oficiales se quedaron paralizados y, de repente, el fiscal gritó: «¡Detengan el traslado!».

Pero la pregunta que me quitaba el sueño seguía sin respuesta: ¿quién había cambiado las medicinas de Arturo?

Tomás solicitó al proveedor la documentación original de la compra electrónica y su entrega. La farmacia conservaba una receta escaneada con una modificación en la dosis. El médico de mi padre declaró que nunca había autorizado ese cambio. Un peritaje detectó indicios de alteración en el archivo y el registro de validación apuntó al dispositivo de Julián.

La compra empezó en una sesión de mi computadora, pero la receta fue modificada y validada desde el equipo corporativo de Julián. Ese registro exigía corroboración.

El mensajero conservaba el comprobante: Beatriz recibió el paquete tres días antes de la muerte de Arturo. La administradora del edificio la vio subir con una bolsa de farmacia la noche de la crisis. Nunca habían solicitado su testimonio.

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