Me condenaron a 25 años de prisión. Mientras los guardias se acercaban para llevarme, mi suegra fingía llorar y mi esposo acariciaba tiernamente el vientre de su amante embarazada. Los miré, sonreí con tranquilidad y revelé un secreto. Los oficiales se quedaron paralizados y, de repente, el fiscal gritó: «¡Detengan el traslado!».

Con Lucía impulsé un fondo para apoyar a familias de personas desaparecidas con asesoría jurídica y revisión documental. No lo llamé con mi apellido. Se llamó Fondo Elisa Ortega, porque su historia no debía convertirse en un capítulo secundario de la mía.

El día que volví a sentarme ante el consejo de Grupo Montiel, vi el retrato de Arturo colgado en el mismo lugar de siempre. No pedí que lo bajaran para hacer espacio al mío.

Había recuperado mi libertad y una parte de mi patrimonio. Nunca recuperaría al hombre que me enseñó a llamar hogar a una casa. Tampoco podía borrar que defendí a Julián cuando otros habían visto señales que yo preferí ignorar.

Al terminar la reunión, Patricia me preguntó si volvería a casarme algún día.

—No lo sé —contesté—. Pero si vuelvo a querer a alguien, no entregaré mis dudas para demostrarle cuánto confío.

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