—¡Ese muchacho se lastimó cuando entró a robarme!
El abogado no respondió.
Se acercó a Elijah.
—¿Puedes mostrar lo que conservaste aquella noche?
El muchacho tragó saliva.
Con una mano temblorosa sacó de debajo del cuello de su uniforme un pequeño trozo de alambre retorcido que llevaba guardado en una bolsita transparente.
Todavía tenía manchas oscuras.
—Lo corté del cuello de Daisy —susurró.
La jueza se inclinó hacia delante.
—¿Daisy?
Elijah acarició suavemente la cabeza de la perra.
—Así la llamé. No sabía su verdadero nombre.
El animal levantó las orejas al escucharlo.
Elijah sonrió por primera vez.
—Hola, Daisy.
La perra le lamió la mano.
Entonces Marcus hizo una pregunta.
—Elijah, ¿por qué conservaste ese alambre?
El muchacho bajó la mirada.
—Porque sabía que nadie me iba a creer.
El silencio fue absoluto.
—Explícanos qué ocurrió aquella noche —pidió la jueza.