Así que me levanté.
Y, si te soy totalmente sincera, me lo tomé a mal.
Me duché, me arreglé bien el pelo, me hice un secado perfecto, me puse el vestido que suelo guardar para las fiestas y me pinté los labios de rojo.
Si Ryan se iba a enfadar porque apareciera por allí, pues vale. Al menos no iba a llegar con pinta de haberme pasado la noche llorando en el sofá.
Durante todo el trayecto en coche, se me revolvió el estómago.
Un momento me sentía ridícula. Al siguiente, volvía a estar furiosa.
Para cuando entré en el camino de acceso, estaba claro que la fiesta llevaba ya un rato en marcha.
Había autos por todas partes.
Se oía música desde dentro.
La gente estaba en la terraza trasera con sus copas en la mano.
Me quedé en el auto un minuto más.