Me llamo Mariana.
Tengo cuarenta y seis años y una hija adolescente llamada Camila.
Mi madre, doña Elena, acababa de cumplir setenta y dos años cuando conoció a Roberto.
Había pasado once años sola.
Mi padre falleció de un infarto cuando yo todavía estaba criando a Camila, y desde entonces mi madre había aprendido a vivir con una ausencia que nunca terminó de desaparecer.
Durante mucho tiempo se negó a salir con alguien.
Si una amiga le sugería conocer a un viudo, respondía que estaba demasiado ocupada.
Si alguien la invitaba a una reunión, encontraba una excusa.
Su mundo se redujo a su casa, sus plantas, la iglesia los domingos y las visitas de su nieta.
Yo intentaba convencerla de que todavía tenía derecho a enamorarse.
Ella siempre sonreía.
—Ay, hija, esas cosas ya no son para mí.