La justicia no llegó con gritos ni con una venganza espectacular.
Llegó en forma de una cámara encendida, una factura detallada, una cuenta congelada, una tumba con el nombre correcto y varias mujeres que finalmente fueron escuchadas.
Claudia cerró el cajón y volvió a la cocina.
Rosa había preparado café de olla. Rodrigo acomodaba 4 tazas sobre la mesa. Adriana esperaba junto a la ventana, todavía insegura de cuál era su lugar en aquella familia reconstruida.
Rosa le acercó una silla.
—Aquí nadie tiene que ganarse el derecho a sentarse.
Adriana tomó asiento.
Por primera vez, ninguna de las mujeres sirvió por obligación, miedo o deuda.
Compartieron el café porque habían elegido quedarse.
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