Si pudiera regresar a aquella noche lluviosa, no cambiaría la decisión de llamar a Tomás.
Cambiaría los años que pasé creyendo que debía soportarlo todo para merecer que alguien permaneciera a mi lado.
Porque al final, la persona que verdaderamente te ama no te pregunta por qué tardaste tanto en pedir auxilio.
Te pregunta dónde estás.
Y hace lo posible por acompañarte.
Mi esposo me dijo: «Llama a alguien a quien sí le importes».
Eso hice.
Y gracias a aquella llamada comprendí que nunca había estado tan sola como él quería hacerme creer.
Perdí el matrimonio que había intentado salvar durante siete años.
Pero recuperé a mi hermano, a mi madre, mi voz y la posibilidad de construir una vida sin miedo.
Y aunque todavía no sé qué me espera mañana, hay algo de lo que estoy completamente segura: