Meses más tarde inauguramos la primera etapa del desarrollo en Querétaro. En una placa de la entrada figuraba el nombre de la directora creativa: Silvia Hernández. Lo leí despacio, acariciando con los dedos las letras grabadas.
Durante cinco años creí que amar era desaparecer para que otro brillara. Me costó un matrimonio, una noche bajo la lluvia y muchas lágrimas entenderlo: quien te ama de verdad no necesita apagarte para sentirse grande.
Y si algún día alguien me pregunta qué fue lo mejor que me pasó después de aquel aniversario desastroso, no diré que conocí a un empresario ni que me casé en una hacienda hermosa.
Diré algo mucho más sencillo: volví a encontrarme conmigo misma, y esta vez no volví a abandonarme.