Sentí ganas de desaparecer.
Mi madre observó la grabación en silencio.
Después me tomó la mano.
—Hace veintitrés años yo humillé a Patricia delante de otras personas por una deuda. Cometí un error y lo reconozco. Pero tú no tienes ninguna culpa de aquello.
—Mamá…
—Escúchame. Si Patricia quiere reclamarme algo, que venga conmigo. No tiene derecho a destruirte para cobrar una deuda que ni siquiera es tuya.
Aquella mañana decidí regresar a casa de mis padres.
No al dormitorio que habían preparado para mí en la casa de mis suegros.
No a la cama matrimonial.
A mi antiguo cuarto, donde todavía estaban mis libros de la universidad.
Daniel apareció al día siguiente.
Lo recibí en la sala mientras mis padres permanecían en el patio.
Tenía los ojos hinchados y parecía no haber dormido.
—Perdóname por haberte golpeado —dijo.