Apenas terminó nuestra boda, mi suegra apareció con una taza de una extraña infusión de hierbas de color oscuro. Me negué a beberla, pero mi esposo me sujetó con fuerza mientras ella me obligaba a tragarla. Minutos después, me encerró en el dormitorio de mi suegro. “Por favor, no se me acerque”, le dije con calma.

No sabía que aquella noche la verdadera batalla apenas comenzaba.

Desperté en un hospital de Querétaro.

Tenía una vía intravenosa en el brazo y un dolor intenso en la mejilla izquierda.

Un médico me explicó que había ingresado con taquicardia, desorientación y problemas de coordinación.

—¿Sabe qué tomó? —preguntó.

—No. Mi suegra me obligó.

El médico dejó de escribir.

Me pidió que relatara todo desde el principio.

Por primera vez, alguien escuchó mi historia sin decirme que estaba exagerando.

Tomaron muestras y documentaron mis lesiones. Me aclararon que identificar una sustancia desconocida podía ser difícil y que los análisis todavía no permitían establecer qué contenía la bebida.

Pedí llamar a mi madre.

Cuando contestó, apenas pude decir:

—Mamá, estoy en el hospital.

Una hora después llegaron mis padres y mi hermano Iván.

Mi madre se quedó inmóvil al ver mi rostro.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *