Y Daniel debía responder por su propia cobardía.
Ninguna de esas deudas me pertenecía.
La noche de mi boda, mi suegro me pidió que siguiera el juego para poder salvarme.
Durante unos minutos tuve que hacerlo.
Pero después comprendí algo mucho más importante:
No nací para interpretar el papel de esposa perfecta, nuera obediente o mujer que aguanta cualquier cosa con tal de conservar un matrimonio.
Una persona puede haberte amado de verdad y aun así haberte fallado de una manera imperdonable.
Los buenos recuerdos merecen existir.
Pero jamás deben convertirse en cadenas que te obliguen a regresar al lugar donde dejaste de estar a salvo.