Al principio nuestra relación parecía perfecta.
Cuando mi papá se lastimó una muñeca, Daniel lo llevó al hospital. También reparó el portón de nuestra casa sin cobrar un peso.
Creí que un hombre capaz de cuidar así a mis padres jamás me abandonaría.
Pero el día que nuestras familias se conocieron descubrí un problema.
Mi madre, Lucía, había trabajado con Patricia en el Mercado de la Cruz, en Querétaro, más de veinte años atrás.
Patricia le debía dinero. Mi madre, desesperada porque necesitaba pagar una operación de mi papá, reclamó la deuda delante de otros comerciantes.
Patricia terminó pagando, pero quedó profundamente humillada.
Mi madre se disculpó en privado.
Patricia nunca olvidó aquella vergüenza.
Antes de nuestra boda empezó a exigir regalos más caros y dinero adicional de mis padres.
—Una hija bien querida no llega al matrimonio con las manos vacías —comentó delante de nuestros familiares.