La enseñanza más valiosa de aquellas amistades no es que antes todo fuera mejor. Es que los vínculos crecen cuando reciben tiempo, atención y gestos reconocibles. Una pantalla puede acercar a personas que están lejos, pero la calidad de la relación depende de cómo se utiliza esa conexión.
La próxima vez que pienses en un amigo, prueba algo concreto: llama en vez de enviar solo una reacción, propone una conversación sin distracciones o escribe unas líneas que no esperen una respuesta inmediata. Son acciones pequeñas, pero comunican cuidado.
En un mundo de respuestas rápidas, la paciencia puede convertirse en una forma de afecto. Y aunque las amistades actuales sean digitales, presenciales o una mezcla de ambas, todavía pueden conservar aquello que hacía especiales a muchas relaciones del pasado: la sensación de que alguien estuvo verdaderamente presente.
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