Este sábado, Andrés llegó a las siete y media. Trajo pan dulce, pero no me pidió nada. Se sentó a mi lado mientras la luz entraba entre las ramas de la jacaranda.
Le serví té en la taza azul de su padre. Cuando terminó, no se levantó de inmediato.
—Mamá, ¿puedo quedarme un rato más?
Miré el letrero, las rosas y la puerta abierta de mi casa.
—Claro, hijo. Te preparo la segunda taza.
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