Mi madrastra dejó a mi bebé recién nacida durmiendo en la vieja casita del perro mientras adentro servía una comida familiar como si mi hija estorbara

Era miedo.

—¿Lo abriste?

—No.

Ella respiró.

Demasiado aliviada.

Mi padre lo notó.

—¿Dónde está?

—No sé.

—Patricia.

—¡No sé!

Bruno comenzó a ladrar.

Todos volteamos.

El perro estaba junto al pasillo que conducía al despacho de mi padre.

Ladró nuevamente.

Luego rascó la puerta.

Mi padre caminó hacia ahí.

Patricia se puso frente a él.

—Arturo, por favor.

—Hazte a un lado.

—Podemos hablar solos.

—Hazte a un lado.

Ella no se movió.

Mi padre tampoco.

Finalmente Patricia bajó la mirada y dio un paso.

Entramos al despacho.

Sobre el escritorio no había nada extraño.

Mi papá abrió el primer cajón.

Después el segundo.

Vacíos.

—¿Qué buscamos? —pregunté.

—Una carpeta gris.

—¿Qué carpeta?

—Patricia me dio documentos hace cuatro días. Dijo que eran para actualizar datos bancarios y del seguro.

La miré.

—¿Los firmaste?

—Algunos.

Sentí un escalofrío.

—¿Sin leerlos?

—Los revisé por encima.

Patricia intervino.

—Porque no había nada malo.

Mi padre abrió el último cajón.

Vacío.

—Aquí estaba.

Patricia guardó silencio.

Entonces mi teléfono sonó.

Era Diego.

Le había enviado un mensaje hacía casi media hora:

“Ven por favor. Algo pasó con la bebé.”

Contesté.

—¿Dónde estás?

—Afuera.

Minutos después entró al despacho.

Cuando le expliqué lo ocurrido, su cara pasó del miedo a una furia que apenas pudo controlar.

Tomó a nuestra hija con cuidado mientras yo seguía junto a mi padre.

—Nos vamos a llevar a la niña a revisión —me dijo—. Aunque parezca estar bien.

Asentí.

Era exactamente lo que quería hacer.

Pero antes de irnos, mi papá encontró algo.

Detrás de la impresora había una hoja doblada.

La abrió.

Era una copia de una identificación oficial.

La suya.

Debajo apareció una copia de un estado de cuenta.

Y una hoja con el logotipo de una notaría de Querétaro.

Patricia salió del despacho.

Mi padre fue detrás.

—¿Dónde está la carpeta?

Ella tomó su bolsa.

—Necesito salir.

—No.

—No puedes detenerme.

—No quiero detenerte. Quiero una respuesta.

Patricia abrió la puerta principal.

Pero alguien estaba del otro lado.

Un hombre de unos cincuenta años, traje gris, portafolio negro.

Miró primero a Patricia.

Luego a mi padre.

—Señor Arturo Salgado.

Mi padre asintió.

—Sí.

El hombre pareció confundido.

—Qué bueno encontrarlo aquí. Intenté comunicarme con usted desde ayer.

Patricia dejó caer las llaves.

El hombre miró hacia ella.

—Señora Patricia, me sorprende verla. Después de su llamada pensé que el señor Arturo estaba hospitalizado.

Mi padre se quedó helado.

—¿Hospitalizado?

El hombre abrió su portafolio.

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