VOLVÍ A MÉXICO DESPUÉS DE NUEVE MESES Y ENCONTRÉ A MI SUEGRA VIVIENDO EN MI CASA, USANDO MIS COSAS Y DEJÁNDOME UNA LISTA DE REGLAS… PERO CUANDO VI LA CARA DE MI ESPOSO, ENTENDÍ QUE ÉL LE HABÍA OCULTADO ALGO MUCHO PEOR

—Claro que importa.

—Mauricio cometió un error. Todos cometemos errores.

—Perder casi dos millones de pesos no es “un error” que se arregla mudando a tu mamá y a tu hermana a mi casa.

Teresa apretó los labios.

Y entonces entendí algo.

—¿Por qué ustedes están aquí?

Mariana volvió a bajar la mirada.

—Porque vendimos el departamento de mi mamá.

Teresa palideció.

—Mariana.

—¿Vendieron tu departamento?

Mariana asintió.

—Hace cinco meses.

Todo encajó.

Las cajas.

La ropa.

Los muebles.

La forma en que Teresa se comportaba como si no tuviera intención alguna de marcharse.

—¿Dónde está el dinero de ese departamento?

Pregunté.

Nadie contestó.

Miré a Mauricio.

Su expresión fue suficiente.

—Se lo diste.

Teresa finalmente habló.

—Mi hijo necesitaba ayuda.

—¿Cuánto?

—Novecientos mil pesos.

Sentí un escalofrío.

Novecientos mil de Teresa.

Y aun así Mauricio debía alrededor de un millón ochocientos mil.

Las cifras no tenían sentido.

—Entonces la deuda original era mayor.

Mauricio levantó la cabeza.

Silencio.

—¿Cuánto debías realmente?

—Laura…

—Dímelo.

—Dos millones setecientos mil.

Mariana se cubrió la boca.

Al parecer ni siquiera ella conocía la cantidad completa.

Me senté.

No porque quisiera.

Porque las piernas dejaron de responderme.

—¿De dónde sacaste una deuda de dos millones setecientos mil pesos?

Mauricio miró al piso.

—Invertí dinero que no era mío.

Aquella frase me asustó más que todo lo anterior.

—Explícate.

—La empresa donde trabajo manejaba un proyecto. Había recursos destinados a proveedores. Yo pensé que podía usarlos unas semanas y devolverlos después de cerrar el negocio.

Me quedé helada.

—¿Tomaste dinero de tu trabajo?

—No fue así.

—Acabas de decir que usaste dinero destinado a proveedores.

—Lo iba a regresar.

—Eso no cambia lo que hiciste.

Teresa comenzó a llorar.

—Mi hijo estaba desesperado.

La miré.

—¿Y su solución fue vender mi casa?

—¡Nuestra solución era salvar a esta familia!

—No. Su solución era salvar a Mauricio usando algo que no les pertenece.

Arturo cerró su carpeta.

—Señora, creo que lo mejor será suspender cualquier gestión.

—Sí.

Lo acompañé hasta la puerta.

Antes de salir, se detuvo.

—Hay algo que debería saber.

Mauricio se levantó inmediatamente.

—Arturo.

El agente lo ignoró.

—Nosotros recibimos documentación que supuestamente acreditaba que usted estaba enterada del proceso.

Sentí un frío recorriéndome la espalda.

—¿Qué documentación?

Arturo sacó una hoja.

Era una copia de una carta.

Abajo estaba mi nombre.

Y una firma.

Mi firma.

O algo que intentaba parecerse a ella.

La observé durante varios segundos.

—Yo nunca firmé esto.

Mauricio cerró los ojos.

Teresa empezó a decir:

—Laura, podemos explicarlo…

Levanté una mano.

—No.

Fotografié el documento.

Después miré a Arturo.

—Necesito una copia de todo lo que recibió relacionado con esta propiedad.

—Puedo consultar con la oficina qué documentación podemos entregarle directamente como propietaria y qué debemos canalizar formalmente.

—Hágalo.

Cuando cerré la puerta, nadie habló.

Caminé hasta la mesa y puse el celular encima.

—Ahora quiero la verdad completa.

Mauricio parecía enfermo.

—No falsifiqué tu firma.

—Entonces dime quién lo hizo.

Miró a su madre.

Teresa explotó.

—¡No me mires así!

Ahí estaba.

La primera grieta real.

—¿Fuiste tú?

—Solo practiqué tu firma porque necesitábamos mostrar que estabas enterada.

—Eso se llama falsificar.

—¡No íbamos a usarla para cerrar una venta!

—Entonces ¿para qué la usaron?

Teresa no pudo responder.

Mariana comenzó a llorar otra vez.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *