Eduardo giró la laptop.
La cuenta pertenecía a una sociedad llamada Administradora Urbana del Centro, S.A. de C.V.
Alejandro nunca había oído ese nombre.
—¿Quién es el representante?
—Estamos revisándolo.
Media hora después llegó la respuesta.
Eduardo leyó el correo dos veces.
—Esto se puso peor.
—Dime.
—Roberto no aparece como socio.
—Entonces quizá estamos equivocados.
—No.
Eduardo señaló otro nombre.
Era una mujer llamada Patricia Cárdenas.
Alejandro dejó de respirar por un instante.
Patricia era su hermana mayor.
Llevaba años diciéndole que no quería involucrarse en los negocios familiares.
—Eso no tiene sentido.
Sacó su teléfono.
Tenía tres llamadas perdidas de Patricia.
Antes de poder devolverlas, recibió un mensaje de ella.
“Tenemos que hablar antes de que hagas una estupidez.”
Alejandro sintió una mezcla de rabia y confusión.
Marcó.
Patricia contestó inmediatamente.
—¿Dónde estás?
—En la oficina.
—No firmes nada. No llames a Roberto. Y, por favor, escúchame antes de juzgarme.
—Tu nombre aparece en una empresa que recibió rentas de mis inquilinos.
Silencio.
—Lo sé.
Alejandro apretó el teléfono.
—¿Desde cuándo?
—Alejandro…
—¿Desde cuándo?
—Casi un año.
Sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
—¿Roberto y tú están robando dinero?
—No.
—Entonces explícame qué demonios está pasando.
—No puedo hacerlo por teléfono.
—Pues empieza.
Patricia respiró profundamente.
—Papá dejó algo pendiente cuando murió.
Alejandro cerró los ojos.
Su padre llevaba seis años muerto.
—No metas a papá en esto.
—Precisamente por papá existe este problema.
—¿Qué problema?
—Ese edificio.
Alejandro miró a Eduardo.
—El edificio es mío.
Patricia guardó silencio.
Demasiado tiempo.
—Eso es lo que tú crees.
Aquellas cinco palabras cambiaron todo.
—Voy para allá —dijo Patricia—. Llevaré los documentos originales.
La llamada terminó.
Alejandro se quedó mirando el teléfono.
Eduardo frunció el ceño.
—¿Qué documentos?
—No sé.
Una hora después, Patricia entró en la oficina cargando una carpeta vieja.
Pero no llegó sola.
Detrás de ella venía Roberto.
Alejandro se levantó inmediatamente.
—¿Qué hace él aquí?
Patricia cerró la puerta.
—Porque necesitas escuchar a los dos.
Roberto dejó un sobre sobre la mesa.
—Antes de acusarme de robarte, revisa esto.
Alejandro ni siquiera lo tocó.
—¿Y las cuentas falsas?
—No son falsas.
—¿Los desalojos?
—No eran desalojos.
—¿La preventa?
Roberto se quedó callado.
Alejandro soltó una risa amarga.
—Eso pensé.
Patricia abrió la carpeta.
—Alejandro, papá compró este edificio hace más de treinta años, pero la operación original tuvo un problema.
Sacó una escritura antigua.
Después otra hoja.
Y finalmente un convenio firmado ante notario años atrás.
Eduardo comenzó a leer.
Su expresión se volvió seria.
—Alejandro…
—¿Qué?
El abogado levantó la vista.
—Hay una cláusula que nunca apareció en los expedientes que me entregaste.
Patricia se sentó.
—Porque papá la ocultó.
Alejandro sintió un escalofrío.
—¿Qué cláusula?
Patricia señaló el documento.
—Una relacionada con las familias que ya vivían ahí cuando él compró el inmueble.
Alejandro recordó inmediatamente a Ernesto.
A Rebeca.
A Mariana.
A Lucía frente a la máquina de coser.
—¿Qué tiene que ver Mariana con esto?
Roberto y Patricia intercambiaron una mirada.
Eso fue suficiente para enfurecerlo.
—¡Díganmelo de una vez!
Patricia abrió otro sobre.
Dentro había una fotografía antigua.
Mostraba el edificio décadas atrás.
Frente a la entrada había varias personas.
Alejandro reconoció a su padre mucho más joven.
Pero junto a él había una mujer sosteniendo a una niña pequeña.
Patricia señaló a la mujer.
—Se llamaba Elena López.
—¿Quién era?
—La abuela de Mariana.
Alejandro volvió a mirar la foto.
—No entiendo.
Eduardo seguía leyendo el convenio.
De pronto se detuvo.
—Patricia… ¿esto es auténtico?
—Sí.
—¿Ya verificaste el instrumento notarial?