Mi hermana decidió llevárselos.
Llegó todavía con la ropa del tianguis: tenis gastados, una blusa sencilla y el cabello recogido.
Cuando Mauricio la vio entrar, su cara cambió.
—¿Qué haces aquí?
—Te traje esto.
—Podías mandarlo con alguien.
Claudia se quedó quieta.
Varias personas voltearon.
Mauricio tomó la carpeta rápidamente y bajó la voz.
—Ya vete, por favor.
Fue entonces cuando un hombre de unos cincuenta años se acercó.
Mauricio cambió de expresión al instante.
—Ingeniero Salgado, ella es…
Se detuvo.
Claudia lo miró.
Yo creo que en ese segundo esperaba que dijera “mi esposa”.
Pero Mauricio sonrió nervioso.
—Ella es Claudia. Me ayudó mucho cuando empezaba.
El hombre frunció el ceño.
—¿Claudia?
La observó con atención.
Después miró a Mauricio.
—¿Es la misma Claudia del primer lote?
Mauricio dejó de sonreír.
—No sé a qué se refiere.
El socio soltó una pequeña risa, pero no parecía divertida.
—Claro que sabes.
Sacó su teléfono y buscó algo.
—Cuando revisamos tu historial para entrar como socios, apareció un dato raro del inicio de la empresa.
Mauricio se puso pálido.
Claudia no entendía nada.
—¿Qué dato? —preguntó ella.
El hombre levantó la mirada.
—El dinero con el que se compró el primer lote no salió de una cuenta de Mauricio.
El silencio fue inmediato.
Mauricio dio un paso hacia él.
—Eso no tiene nada que ver con esta reunión.
—Tal vez sí —respondió el socio—. Porque el nombre de la persona que puso ese dinero aparece en un documento que todavía sigue vigente.
Claudia dejó de respirar por un instante.
Mauricio intentó quitarle importancia.
—Eso fue hace años.
Pero el hombre negó lentamente.
—No, Mauricio. El problema es que ese documento no dice solamente quién puso el dinero.
Claudia apretó la correa de su bolsa.
—¿Entonces qué dice?
El socio miró primero a Mauricio.
Después a ella.
Y justo cuando abrió el archivo en su teléfono, Mauricio extendió la mano para detenerlo.
—No se lo enseñes.
¿Qué sucede después…? Parte 2:.
Parte 2:
Claudia no apartó la mirada de Mauricio. Su mano seguía extendida frente al teléfono del ingeniero Salgado, pero ahora le temblaban apenas los dedos. Nadie alrededor decía nada, y por primera vez Mauricio parecía no encontrar una frase con la cual salir del momento. Claudia tragó saliva y habló despacio.
—Enséñemelo.
Mauricio volteó hacia ella de inmediato. Le dijo que no entendía esos documentos, que seguramente se trataba de una formalidad vieja y que podían hablarlo en casa. Claudia ni siquiera levantó la voz. Solo volvió a mirar al ingeniero Salgado y repitió que quería verlo.
Salgado abrió el archivo. Ahí aparecía una aportación inicial hecha varios años atrás, con el nombre completo de Claudia y una cantidad que ella reconoció de inmediato.