La Mochila de Spider-Man

Habían pasado siete días desde que enterré a mi hijo.
Siete días en que el tiempo había dejado de funcionar de la manera habitual, en que las horas no tenían el peso normal sino que unas duraban segundos y otras duraban semanas, en que yo había aprendido que el dolor físico y el dolor del alma no son cosas tan distintas como siempre creí porque ambos te quitan el aire de la misma manera.
Mateo tenía ocho años. Tenía el cabello siempre revuelto y una mochila de Spider-Man que cargaba con una seriedad desproporcionada para su tamaño, como si dentro llevara documentos de estado en lugar de libros de matemáticas y un lunch que nunca terminaba del todo. Tenía la costumbre de hacer preguntas en el momento menos oportuno y la de quedarse dormido en el coche siempre que el trayecto superaba los diez minutos. Tenía ocho años y yo había pasado cada uno de esos años aprendiendo la forma específica de su manera de ser, la geografía exacta de su persona, y ahora esa geografía existía solo en mi memoria y en las fotos del teléfono y en la manta azul que yo seguía cargando de habitación en habitación porque era lo más cercano que tenía a él.
Lo llamaron muerte inexplicable.
Esas dos palabras me habían estado royendo desde que el médico las pronunció con esa voz clínica que usan cuando no quieren decir que no saben. Inexplicable. Como si los niños sanos de ocho años simplemente se desplomaran en los patios de recreo sin que hubiera nada detrás. Como si el cuerpo de mi hijo hubiera decidido unilateralmente y sin razón detener todas sus funciones un martes de abril a las once y veinte de la mañana.
Su maestra, la señora Ramos, no me miraba a los ojos en el velorio. Había algo en su manera de moverse por esa sala, de ofrecer condolencias sin terminar las frases, que no encajaba con la persona que yo conocía de las reuniones de padres. Y la mochila había desaparecido. La policía dijo que probablemente estaba en algún rincón del colegio, que aparecería, que estas cosas pasaban. Pero no apareció.
Yo sabía lo que sabía, que era muy poco. Pero también sabía lo que sentía, y lo que sentía era que algo estaba incompleto.
El Día de la Madre lo había pasado en el suelo de la sala.
No de manera dramática. Simplemente llegué ahí en algún momento de la mañana y no encontré razón suficiente para levantarme. Tenía la foto de Mateo del último día de clases del año anterior, con su uniforme y su sonrisa de diente faltante, y la manta azul, y el silencio de una casa que el año anterior a esa misma hora tenía un niño corriendo entre la cocina y el jardín con un bowl de cereal derramándose y flores arrancadas de cualquier lugar donde hubiera algo que se pareciera remotamente a una flor.
El timbre sonó a las nueve en punto.
Lo ignoré.
Volvió a sonar.
Luego los golpes, urgentes, del tipo que no puede ignorarse indefinidamente sin que el cerebro empiece a generar escenarios.
Me levanté. Fui a la puerta con la manta todavía en los hombros y la foto en la mano porque no había encontrado dónde dejarla.
Abrí.
Era una niña.
Tendría nueve años, quizás diez. Llevaba una campera de jean azul que le quedaba grande, del tipo que uno hereda de un hermano mayor. Tenía el cabello oscuro recogido en una trenza que se estaba deshaciendo. Y tenía los ojos más serios que yo había visto en una cara de esa edad, serios con el peso de algo que había estado cargando y que era demasiado para cargar sola.
Entre sus brazos, apretada contra su pecho como si temiera que alguien se la quitara, estaba la mochila de Spider-Man de Mateo.
Me aferré al marco de la puerta.
—¿Usted es la mamá de Mateo? —preguntó.
No pude responder. Asentí.
La niña miró la mochila y luego me miró a mí con esa expresión de quien lleva mucho tiempo preparándose para un momento y ahora que ha llegado no está segura de si está lista.
—Él me hizo prometer que la protegería —dijo, con la voz apenas por encima del susurro—. Hasta hoy.
—¿Cómo te llamas? —logré decir.
—Valentina. Soy de su salón. Yo estaba ahí cuando…
Se detuvo. Sus labios temblaron.