Entró cansado, con la camisa arrugada.
Ni siquiera dijo perdón.
—¿Por qué mandaste esas fotos a Rodrigo?
Lo miré sin reconocerlo.
—Porque tenía derecho a saberlo.
—Pudiste preguntarme antes. Fernanda está pasando por problemas en su matrimonio.
Coloqué sobre la mesa la transferencia del departamento.
Su rostro cambió.
—Explícame esto.
—Era un préstamo.
—¿Dónde está el contrato?
Silencio.
Puse las demás hojas enfrente.
—¿También eran préstamos el collar, los hoteles y las clases de Sebastián?
Intentó quitarme los documentos.
No lo dejé.
—¡Me estás investigando!
—Estoy investigando mi dinero.
Esa misma mañana contraté a Mariana Salgado, una abogada especializada en divorcios y patrimonio.
Fue ella quien me advirtió:
—Si Alejandro sabe que descubriste las transferencias, puede intentar mover activos. Debemos proteger lo que existe antes de discutir lo que falta.
Horas después Rodrigo llegó con su abogado.
Entonces entendí por qué había respondido “Por fin”.
Ocho meses antes, una cámara de una unidad de su empresa de transporte había captado accidentalmente el automóvil de Fernanda entrando al estacionamiento del mismo hotel donde Alejandro aseguraba tener una reunión.
Rodrigo sospechó, pero no quiso confrontarla sin pruebas.
Durante meses documentó gastos conjuntos, ausencias y movimientos a los que legalmente tenía acceso.
—No esperaba que me engañara otra vez —me explicó—. Esperaba tener suficiente evidencia para que nadie pudiera volver a decirme que yo había entendido mal.
Luego puso frente a nosotros los documentos del departamento de Santa Fe.
Parte del enganche salió de mi matrimonio.
Otra parte salió de las cuentas de Rodrigo y Fernanda.
Nuestros esposos habían usado dinero de dos familias para financiar el lugar donde pensaban encontrarse.
Solicitamos que la operación inmobiliaria quedara detenida mientras se aclaraba el origen del dinero.
Tres días después Fernanda apareció frente a mi antiguo departamento con dos maletas.
Alejandro estaba en la puerta… impidiéndole entrar.
—Me prometiste que me cuidarías —le reclamó ella—. Rodrigo ya presentó el divorcio. Sebastián no quiere verme. ¿Dónde quieres que viva?
—Habla con Rodrigo. Tienen un hijo. Puede retirar la demanda.
Fernanda lo miró como si acabara de recibir una bofetada.
—¿Ahora te importa que mi familia siga unida?
Entonces me vio.
Y explotó.
—¡Él me dijo que tú jamás lo abandonarías! Me decía que ustedes sólo eran socios, que tú querías estabilidad y que mientras nadie descubriera nada, todos estaríamos bien.
Alejandro intentó callarla.
Pero Fernanda soltó algo todavía peor:
—Claudia, esto no empezó hace ocho meses.
Respiró profundamente.
—Empezó hace casi dos años.
Y lo que contó a continuación demostró que Alejandro nunca había cometido “un error”.
Había construido todo un sistema para mantenernos a los tres exactamente donde le convenía.
Pero faltaba descubrir la prueba que podía hacerle perder no sólo su matrimonio… sino también el control de la empresa que yo había ayudado a levantar desde cero.
PARTE 3
Fernanda contó que todo había comenzado cuando su estudio fue contratado para diseñar las nuevas oficinas de la constructora de Alejandro.
Primero fueron mensajes sobre acabados.
Luego cenas para “revisar conceptos”.
Después llegó el primer beso.
Fernanda le preguntó inmediatamente si pensaba divorciarse de mí.
Alejandro respondió que no era el momento.
Le pidió paciencia.
Según él, yo estaba acostumbrada a una vida estable y jamás tendría el valor de dejarlo. Rodrigo, por su parte, jamás abandonaría a Fernanda porque tenían un hijo.
Así podía conservarlo todo.
Su esposa.
Su amante.
Su empresa.
Su reputación.
Y dos familias absorbiendo las consecuencias sin obligarlo a escoger.
—Tú no estabas confundido —le dije—. Apostaste a que todos íbamos a soportarte en silencio.
Me fui esa tarde.
No discutí con Fernanda.
Tampoco intenté consolarla.
Había sido mi mejor amiga durante quince años, pero eso no convertía su traición en un accidente.